El costo invisible de cuidar enfermos en el hogar 

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El cuidado de personas enfermas dentro del hogar sigue siendo una labor silenciosa, sostenida en su mayoría por mujeres, que con frecuencia no solo implica amor y responsabilidad, sino también desgaste físico, emocional y social. Detrás de esta tarea invisibilizada se esconden historias de renuncias personales, agotamiento y afectaciones a la salud que rara vez son reconocidas.

Yamilka Rodríguez dedica gran parte de su jornada al cuidado de un adulto mayor de su familia. Lo que antes era una rutina personal organizada, en la actualidad gira en torno a la atención permanente de su familiar dependiente. “Antes tenía tiempo para mí, pero ahora tengo que dedicar más del 50% al cuidado de mi familia”, explica.

Con el paso del tiempo, esta responsabilidad ha comenzado a afectar incluso su propia salud. En ocasiones, ante molestias físicas, opta por automedicarse debido a la imposibilidad de dejar sola a la persona que cuida. “Muchas veces no tengo tiempo para ir a un centro de salud”, señala. Esta realidad evidencia lo que organismos como el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores han advertido: los cuidadores están expuestos a altos niveles de desgaste físico y emocional.

Además, Yamilka enfrenta una carga adicional: la falta de reconocimiento social. “Muchas personas lo ven como algo fácil porque estás en casa, pero es un trabajo que consume tiempo y energía”, afirma, reflejando una problemática común entre quienes ejercen este rol.

Desde su experiencia como enfermera, Alexandra Vera conoce de cerca las consecuencias del cuidado continuo. Levantar, movilizar y atender pacientes dependientes implica un esfuerzo físico constante que termina afectando la salud de las cuidadoras.

“Muchas veces tenemos que ayudar a personas que no pueden moverse solas, y eso nos afecta físicamente”, comenta. A esto se suma la sobrecarga de tareas domésticas y familiares. “No alcanza el tiempo para todo”.

Estudios sobre sobrecarga del cuidador confirman que estas labores pueden generar fatiga, ansiedad, trastornos del sueño y dolores musculares, especialmente cuando no existen espacios de descanso ni apoyo suficiente.

La historia de María Eugenia Barreno refleja el impacto a largo plazo del cuidado familiar. Desde los 18 años asumió la crianza de un hijo con discapacidad, lo que la llevó a dejar sus estudios y posponer sus proyectos personales.

“Sentí que dejé de ser mujer para ser solo madre”, relata. Durante casi cuatro décadas, su vida ha estado marcada por la entrega constante, el cansancio emocional y la falta de apoyo social.

María Eugenia también señala la necesidad de mayor sensibilidad en los servicios de salud y de reconocimiento hacia las familias cuidadoras, que muchas veces enfrentan solas esta responsabilidad.

Foto: IA

El psicólogo clínico José Navarro explica que el cuidado prolongado de un familiar enfermo genera una fuerte carga emocional. El estrés constante, el cansancio y la preocupación permanente deterioran la calidad de vida de las cuidadoras.

“Es común que prioricen al paciente y dejen de lado su propia salud”, señala. Esto puede derivar en culpa cuando intentan tomarse un tiempo personal. Sin embargo, Navarro enfatiza que el autocuidado no es egoísmo, sino una necesidad para sostener el cuidado a largo plazo.

De igual manera opina la psicóloga Micaela Duque, quien advierte que muchas personas no establecen límites por temor a generar conflictos o decepcionar a otros. “Decir no también es una forma de cuidado personal”, explica. La especialista subraya que aprender a poner límites reduce el estrés, mejora la autoestima y previene el agotamiento emocional.

La psicóloga Samantha Soto Mariño advierte que las cuidadoras pueden desarrollar ansiedad, estrés intenso e incluso síntomas físicos como sensación de ahogo o preocupación constante.

Según explica, este fenómeno está relacionado con roles de género profundamente arraigados que asignan a las mujeres la responsabilidad del cuidado. “Se les ha hecho creer que deben estar siempre disponibles”, señala.

Esto genera culpa cuando intentan priorizarse a sí mismas, lo que refuerza el abandono del autocuidado. Soto enfatiza la importancia de normalizar el descanso y la atención emocional como parte del bienestar integral.

La pandemia de COVID-19 evidenció aún más esta realidad. Muchas mujeres que cuidan adultos mayores en sus hogares se expusieron sin protección adecuada a virus e infecciones, convirtiéndose en el principal punto de contagio dentro de sus familias.

A esto se suman enfermedades como tuberculosis o infecciones intestinales, que pueden agravarse en contextos de cuidado constante y sin medidas de protección, especialmente cuando las cuidadoras ya presentan problemas de salud previos.

El amor y la responsabilidad se convierten, en muchos casos, en sobrecarga, desgaste y enfermedad. Visibilizar esta realidad es el primer paso para reconocer que cuidar también requiere ser cuidado.

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