Las redes sociales también dejan víctimas

Extorsión, perfiles falsos y difusión de contenido íntimo forman parte de una violencia digital que crece silenciosamente

Una conversación, una solicitud de amistad o un mensaje aparentemente inofensivo pueden convertirse en el inicio de una pesadilla. En una época en la que las redes sociales forman parte de la vida cotidiana de millones de personas, los riesgos digitales crecen al mismo ritmo que la conectividad. Extorsiones, perfiles falsos, robo de identidad y difusión de contenido íntimo son algunas de las amenazas que afectan especialmente a niños, adolescentes y jóvenes. La historia de Jeremías Ordóñez refleja cómo detrás de una pantalla pueden ocultarse engaños capaces de vulnerar la privacidad, afectar la salud emocional y cambiar la vida de una persona para siempre.

Jeremías Ordóñez tenía 19 años cuando una conversación aparentemente inofensiva en Facebook transformó por completo su vida. Creció rodeado de comodidades, practicaba deporte con frecuencia y disfrutaba compartir con sus amigos. Como miles de jóvenes, utiliza las redes sociales para comunicarse y conocer personas. Lo que nunca imaginó fue que detrás de una pantalla se escondía una trampa que terminaría afectando su privacidad, su confianza y su bienestar emocional.

Todo comenzó con el perfil de una joven que parecía compartir sus mismos intereses. Durante varios meses intercambiaron mensajes que pasaron de Facebook a WhatsApp. La confianza creció poco a poco hasta convertirse en un vínculo cercano. Jeremías esperaba sus mensajes, compartía aspectos de su vida cotidiana y llegó a desarrollar sentimientos hacia alguien que creía real. Sin sospecharlo, estaba siendo víctima de un engaño cuidadosamente construido.

La situación cambió cuando decidió enviar fotografías privadas. Poco después comenzaron las amenazas. La persona detrás del perfil falso le exigía dinero a cambio de no difundir las imágenes. Al principio se negó a creer lo que estaba ocurriendo. Los sentimientos que había desarrollado durante meses le impedían aceptar que todo había sido una mentira. Sin embargo, las amenazas se hicieron realidad. Las fotografías empezaron a circular en grupos y redes sociales, llegando incluso a familiares, amigos y conocidos.

“Lo que más me afectó no fue que las imágenes estuvieran en internet, sino saber que personas cercanas las habían visto”, recuerda. De un momento a otro sintió que había perdido el control sobre una parte de su vida que siempre consideró privada. La exposición pública de su intimidad provocó vergüenza, ansiedad y una profunda sensación de vulnerabilidad.

Aunque presentó una denuncia ante las autoridades, el proceso no fue como esperaba. Según relata, en varias ocasiones percibió que la atención se centraba más en cuestionar por qué había confiado en alguien que en investigar a los responsables. Los trámites avanzaron lentamente y el caso terminó estancándose. La experiencia dejó una segunda herida: la sensación de no haber recibido el apoyo necesario después de convertirse en víctima.

Antes de este episodio, Jeremías se consideraba una persona extrovertida. Disfrutaba de las reuniones sociales y mantenía una vida activa. Él reconoce que muchas de esas conductas cambiaron. Redujo su presencia en redes sociales, evita ciertos encuentros y desconfía de las relaciones que nacen en el entorno digital. Aún le preocupa encontrarse con personas que pudieron haber visto las fotografías difundidas sin su consentimiento.

Para la psicóloga Vanessa Díaz, profesional de la Unidad Educativa José Joaquín de Olmedo, la inseguridad en redes sociales es uno de los desafíos emergentes que enfrentan niños y jóvenes. Explica que problemas como el sexting, la extorsión digital, la pornografía y el contacto con desconocidos requieren un trabajo conjunto entre familia y escuela. “Las redes sociales no son dañinas por sí mismas; todo depende del uso correcto y de la supervisión que exista”, señala.

La especialista advierte que muchos padres entregan dispositivos móviles a sus hijos sin acompañamiento ni control. Esta falta de supervisión puede exponerlos a riesgos como el ciberacoso, la manipulación emocional y las estafas digitales. Por ello, considera indispensable fortalecer la comunicación familiar y promover actividades que permitan a niños y adolescentes desarrollar habilidades fuera de las pantallas.

Una visión similar comparte el docente José Inca Izquierdo, quien sostiene que los menores son especialmente vulnerables frente a personas que utilizan internet para engañar o manipular. A su criterio, el monitoreo responsable de las actividades digitales y el diálogo permanente son herramientas fundamentales para identificar señales de alerta y prevenir situaciones de riesgo. “Las redes sociales representan un entorno cada vez más riesgoso para niños y adolescentes debido a la constante exposición a contenidos inapropiados y al contacto con personas que pueden aprovecharse de su vulnerabilidad. Los menores carecen de la madurez necesaria para comprender los peligros del entorno digital”.

 Por ello, considera fundamental que los padres conozcan con quién interactúan sus hijos, qué contenidos consumen y cuáles son los cambios en su comportamiento para identificar posibles señales de alerta.

Asimismo, destaca que las instituciones educativas deben promover actividades deportivas, culturales y de participación estudiantil, además de capacitaciones sobre seguridad digital. “El trabajo coordinado entre padres, docentes y profesionales del Departamento de Bienestar Estudiantil es fundamental para orientar a los jóvenes, considerados el grupo más vulnerable frente a los engaños en línea, y fomentar un uso seguro y responsable de las redes sociales”.

La preocupación no es infundada. Diversos estudios reflejan el impacto de la violencia digital en la población más joven. En Ecuador, el 60 % de las niñas encuestadas ha reportado haber sufrido algún tipo de violencia en plataformas digitales, una cifra superior al promedio mundial. Las agresiones ocurren principalmente en aplicaciones como WhatsApp y Facebook, generando consecuencias que van desde la pérdida de autoestima hasta el aislamiento social y el abandono de espacios digitales.

Frente a esta realidad, organizaciones como la ChildFund Ecuador impulsan programas de formación orientados a la protección de la identidad digital, la prevención del ciberacoso y el uso responsable de las redes sociales. La meta no es alejar a los jóvenes de la tecnología, sino brindarles herramientas para desenvolverse de forma segura en entornos cada vez más conectados.

La inseguridad digital no distingue edad, género ni condición económica. En un mundo donde gran parte de las relaciones se construyen en línea, la educación, la prevención y el acompañamiento siguen siendo las principales defensas para proteger aquello que, una vez expuesto en internet, resulta difícil recuperar: la privacidad y la confianza.

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