La adicción comenzó mucho antes de consumir la primera droga

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La violencia familiar, la ansiedad, el abandono y la necesidad de pertenecer aparecen como el origen de muchas adicciones. Cuatro historias revelan que detrás del consumo siempre existe un dolor que necesita ser escuchado.

A los 15 años, Jackson comenzó a sentir que le faltaba el aire. Las discusiones constantes entre sus padres, la inestabilidad económica y la responsabilidad de convertirse en el «hombre de la casa» lo obligaron a crecer demasiado pronto. Como hijo mayor, se exigía sacar buenas notas, trabajar, cuidar de su hermana y ocultar cualquier señal de debilidad. Mientras cumplía con todas esas expectativas, la ansiedad le robaba el sueño y lo dejaba noches enteras mirando el techo con el corazón acelerado.

En medio de ese desgaste emocional encontró refugio en un grupo de jóvenes de su barrio. Primero llegó el cigarrillo, después, la marihuana y un vapeador modificado. La sensación de calma fue inmediata. Por unas horas desaparecieron los gritos, la presión y el miedo. Creyó haber encontrado la respuesta a su sufrimiento.

Pero aquel alivio fue pasajero. En pocos meses dejó de consumir por diversión y comenzó a hacerlo para soportar la rutina. A los 16 años robaba dinero en casa y vendía sus pertenencias para alimentar la dependencia. Su rendimiento académico cayó, se aisló de su familia y empezó a sufrir episodios de paranoia y ataques de pánico. Mientras profesores y compañeros lo señalaban como un joven problemático, nadie lograba ver al adolescente que pedía ayuda detrás de la adicción.

El punto de quiebre llegó en julio de 2022, cuando una sobredosis lo dejó inconsciente en el baño de su vivienda. Despertar en un hospital y encontrar a su madre llorando frente a la camilla lo enfrentó con una realidad que ya no podía ignorar.

En la actualidad tiene 20 años, lleva más de cuatro años libre de consumo. Tras un proceso de rehabilitación marcado por recaídas emocionales y terapia, terminó sus estudios, trabaja en un taller mecánico y ahorra para iniciar su propio negocio. Además, comparte su historia con otros jóvenes para recordarles que la ansiedad no se silencia con drogas, sino buscando ayuda y aprendiendo a hablar de lo que duele.

Foto: IA

Para la educadora Arelis, con amplia experiencia en instituciones educativas de sectores vulnerables, el consumo de sustancias dejó hace tiempo de ser únicamente un problema escolar. A su juicio, es la manifestación de una crisis mucho más profunda relacionada con la ansiedad, el abandono, la violencia familiar y la falta de oportunidades.

Explica que detrás de muchos adolescentes consumidores existen hogares marcados por conflictos, dificultades económicas o escasa comunicación. Mientras los padres enfrentan extensas jornadas laborales para sostener a sus familias, muchas veces no alcanzan a identificar señales de depresión, estrés o aislamiento, interpretándolas como simple rebeldía.

Sin espacios seguros dentro del hogar, numerosos jóvenes encuentran en la calle el sentido de pertenencia que no hallan en casa. Allí aparecen las presiones del grupo, el acceso fácil a las sustancias y la falsa promesa de aliviar el sufrimiento.

Frente a esta realidad, Arelis cuestiona las respuestas basadas únicamente en el castigo. Considera que expulsar a un estudiante o aislarlo sin apoyo emocional solo incrementa su vulnerabilidad. Propone fortalecer el trabajo conjunto entre familias, escuelas y comunidades, capacitar a los padres para reconocer señales tempranas y ampliar el acceso a actividades deportivas, culturales y servicios de salud mental.

«La meta no debe ser únicamente alejarlos de las drogas, sino devolverles la posibilidad de construir un proyecto de vida», resume.

El recorrido del pastor César refleja cómo las heridas de la infancia pueden extenderse durante décadas. Creció en un hogar donde la violencia y el alcohol eran parte de la rutina. Desde pequeño presenció las agresiones de su padre contra su madre y, en más de una ocasión, salió de madrugada a pedir ayuda a los vecinos para protegerla.

La ausencia de afecto y la necesidad de sobrevivir marcaron su niñez. Mientras su madre trabajaba largas jornadas, él permanecía gran parte del tiempo en las calles. A los 13 años comenzó a consumir drogas creyendo que podía controlarlas, pero terminó atrapado durante casi dos décadas por una adicción que le arrebató oportunidades, vínculos familiares y su dignidad, hasta llevarlo a vivir en situación de calle.

Aunque intentó cambiar ingresando a la Fuerza Aérea y pasó por distintos centros de rehabilitación, no logró romper el ciclo. El cambio llegó cuando ingresó a una casa hogar cristiana, donde encontró acompañamiento y decidió reconstruir su vida. Han pasado 21 años desde entonces y, actualmente, dedica su labor pastoral a acompañar a personas que enfrentan el mismo camino que él logró superar.

La historia de Tyron también comenzó con una fractura familiar. La separación de sus padres, cuando tenía 12 años, lo dejó emocionalmente desorientado. Buscando aceptación, empezó a frecuentar grupos donde el consumo era habitual. Lo que nació por curiosidad terminó convirtiéndose en dependencia.

A los 22 años había perdido negocios, estabilidad económica y vínculos familiares. Su adicción lo llevó incluso a vivir en las calles de Colombia, donde sobrevivía alimentándose de los desperdicios después de gastar todo el dinero que llevaba para trabajar.

Actualmente realiza un proceso de recuperación en una fundación cristiana. Agradece el respaldo de su familia y asegura que su mayor aprendizaje es que ninguna droga vale el precio de perder la libertad y la esperanza.

Elías ingresó al consumo a los 17 años impulsado por la inmadurez, la rebeldía y el deseo de ser aceptado. De a poco se alejó de los valores con los que había crecido y deterioró la relación con su familia. Reconoce que lastimó profundamente a su padre, a la abuela que lo crió y puso en riesgo su matrimonio y el vínculo con sus dos hijas.

Él participa en un proceso de restauración en la Fundación Más Que Vencedores. Afirma que reconocer sus errores y aceptar ayuda marcaron el inicio de su transformación. Desde esa experiencia advierte a otros jóvenes que ninguna adicción comienza con la intención de destruir una vida, pero muchas terminan haciéndolo.

Foto: IA

Las historias de Jackson, César, Tyron y Elías transitan por escenarios distintos, aunque comparten un mismo origen: el dolor, la soledad y la búsqueda desesperada de alivio. Sus testimonios recuerdan que detrás de cada persona con adicción existe una historia que merece ser escuchada. La prevención, coinciden especialistas y sobrevivientes, empieza mucho antes del primer consumo, pues comienza en hogares que acompañan, escuelas que escuchan y comunidades capaces de ofrecer oportunidades antes que condenas.

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