Miles de pacientes en Ecuador permanecen durante meses, e incluso años, en listas de espera para una cirugía. La falta de especialistas, insumos y una gestión hospitalaria deficiente convierte el acceso a la salud en una carrera contra el tiempo
Redacción:
Scarlet Santi / Stick Ordonez / Benjamín Pibaque / Eddy Madero
Las cirugías que no llegan a tiempo son mucho más que una cifra en una lista de espera. Detrás de cada procedimiento postergado hay pacientes que conviven con el dolor, familias que asumen gastos imprevistos y médicos que trabajan en un sistema incapaz de responder a una demanda creciente. En Ecuador, las demoras para acceder a una intervención quirúrgica especializada se han convertido en uno de los principales síntomas de la crisis que atraviesa la salud pública.

Foto: IA.
La saturación hospitalaria, el déficit de especialistas, la escasez de insumos, los problemas de gestión y las limitaciones presupuestarias han provocado que miles de pacientes permanezcan durante meses —e incluso años— esperando una cirugía. Mientras tanto, enfermedades que podrían resolverse con una atención oportuna continúan avanzando, deteriorando la calidad de vida de quienes dependen exclusivamente del sistema público.
Erika García, de 27 años, conoce esa realidad. Lo que parecía ser una simple consulta odontológica por una muela dañada terminó con el diagnóstico de un odontoma, un tumor benigno que requería una intervención quirúrgica. Tras ser derivada al Hospital Monte Sinaí, inició una espera de tres meses marcada por la incertidumbre, sin información clara sobre el avance de su caso ni seguimiento médico constante.
La cirugía finalmente se realizó, pero los problemas no terminaron allí. Durante el posoperatorio sufrió un fuerte sangrado que obligó a su familia a asumir gastos adicionales para adquirir medicamentos e insumos que el hospital no pudo proporcionar. Además, perdió varias piezas dentales y el sistema público no le ofreció una solución protésica para recuperar su funcionalidad. Su historia refleja una realidad que trasciende la demora quirúrgica: evidencia las dificultades del sistema para garantizar una atención integral antes, durante y después de una intervención.
Una crisis que tiene causas estructurales
Para el médico asistente en cirugías Roberto Bajaña, es importante diferenciar entre las intervenciones de emergencia y las programadas. Explica que procedimientos como una apendicitis complicada deben realizarse de inmediato, porque comprometen la vida del paciente, mientras que otras patologías, como la colecistitis, ingresan a listas de espera una vez completados los estudios prequirúrgicos.
Sin embargo, aclara que el principal obstáculo no es únicamente la programación médica. La falta de insumos, personal especializado, disponibilidad de quirófanos y recursos hospitalarios obliga a reprogramar constantemente las cirugías electivas para priorizar las emergencias.

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Bajaña también enfatiza que la comunicación con el paciente es una parte esencial del proceso quirúrgico. El especialista debe explicar de manera clara los riesgos, beneficios y procedimientos para disminuir la incertidumbre y facilitar una decisión informada. No obstante, cuando las respuestas institucionales son escasas o inexistentes, la ansiedad termina acompañando la espera.
La médica cirujana Luisa Mera coincide en que el problema responde a fallas estructurales acumuladas durante años. Desde su experiencia en el Hospital General Guasmo Sur, identifica como principales factores la insuficiencia presupuestaria, el déficit de especialistas, la falta de medicamentos e insumos, la creciente demanda de pacientes y las deficiencias administrativas, además del limitado mantenimiento de los quirófanos.

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La especialista advierte que las consecuencias trascienden el retraso de una operación. Una cirugía postergada puede significar el avance de una enfermedad, complicaciones irreversibles, discapacidad permanente e incluso un mayor riesgo de mortalidad. A ello se suma el desgaste psicológico provocado por la incertidumbre y el miedo de quienes desconocen cuándo recibirán atención.
Para enfrentar esta realidad, considera indispensable fortalecer la inversión pública, ampliar la contratación de personal especializado, habilitar más quirófanos y mejorar la planificación hospitalaria. También reconoce que la crisis impacta directamente al personal sanitario, que trabaja bajo una presión constante al no disponer de los recursos suficientes para responder a la demanda.
La espera también enferma
Carlos Castro lleva más de tres meses esperando una cirugía de vesícula. Durante ese tiempo continúa soportando fuertes dolores sin conocer la fecha en la que será intervenido.
Lo que más le preocupa no es únicamente la demora, sino la ausencia de información. Afirma que nunca recibió una explicación concreta sobre las razones del retraso y que cada consulta termina con respuestas ambiguas que prolongan la incertidumbre.
Mientras espera, los síntomas persisten. La escasez de medicamentos e insumos limita el tratamiento para controlar el dolor y la enfermedad continúa afectando su rutina diaria. La situación también repercute en su estabilidad laboral, pues debe justificar ausencias sin tener una fecha definida para la intervención.
Como él, muchos pacientes sienten que la espera termina convirtiéndose en una segunda enfermedad: el desgaste emocional se suma al deterioro físico y las familias enfrentan gastos adicionales en consultas, medicamentos o exámenes que, en teoría, deberían ser cubiertos por el sistema público.

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Más que una lista de espera
Aunque los profesionales de la salud coinciden en que la prioridad clínica siempre debe ser salvar vidas, también advierten que las intervenciones programadas no pueden convertirse en una espera indefinida.
El desafío va más allá de reducir listas de espera. Requiere fortalecer la inversión pública, garantizar el abastecimiento de medicamentos e insumos, ampliar el número de especialistas y optimizar la gestión hospitalaria para ofrecer una atención continua y humanizada.
Porque cuando una cirugía se posterga durante meses, no solo se retrasa un procedimiento médico. También se aplaza la posibilidad de recuperar la salud, conservar el empleo, aliviar el dolor y devolver tranquilidad a miles de familias que siguen esperando una respuesta del sistema público.
La crisis de las cirugías represadas evidencia que el problema de la salud pública en Ecuador no puede explicarse únicamente por la falta de recursos. También responde a una combinación de deficiencias en la planificación, la gestión hospitalaria, la contratación de personal especializado y la continuidad de las políticas públicas. Cada cambio de administración trae nuevas prioridades, pero los problemas estructurales persisten y terminan trasladándose a los pacientes. Mientras no exista una estrategia sostenida que fortalezca la red hospitalaria, garantice el abastecimiento de medicamentos e insumos y optimice el uso de los recursos disponibles, las listas de espera seguirán creciendo. En ese escenario, el sistema deja de actuar con un enfoque preventivo y oportuno para convertirse en un modelo que responde cuando la enfermedad ya se ha agravado, con mayores costos para el Estado y consecuencias más severas para quienes dependen exclusivamente de la salud pública.


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