Más allá de los salones de clase, tres educadores trabajan para que niños sordos y menores en condición de vulnerabilidad encuentren en la educación una oportunidad para cambiar su futuro
Redacción:
Edison Defaz / María Fernanda Pesantes / Naslin Mera
La educación debería ser un derecho garantizado para todos los niños. Sin embargo, en los sectores más vulnerables esa promesa suele quedarse en el papel. La pobreza, la discapacidad, la falta de docentes especializados y las limitaciones económicas levantan barreras que impiden que muchos menores desarrollen su potencial. Mientras el sistema no logra responder a estas necesidades, hay maestros que han decidido actuar. Sin grandes recursos, pero con una profunda vocación, enseñan allí donde otros no llegan.
Cuando la inclusión comienza donde termina el sistema
La docente Maylin Mera conoce de cerca las dificultades que enfrentan los niños sordos para acceder a una educación de calidad. Su participación en un proyecto educativo nació gracias a la iniciativa de su hermano, Oswaldo Mera, quien identificó que muchos menores eran excluidos del sistema educativo por no existir espacios adaptados a sus necesidades.
Lo que comenzó como una preocupación familiar pronto evidenció una problemática mucho más amplia. Durante su trabajo con esta población, Maylin encontró niños que debían recorrer largas distancias para recibir atención especializada, familias incapaces de cubrir los costos del transporte y estudiantes que, además de enfrentar una discapacidad auditiva, sufrían discriminación y abandono institucional.

Foto: IA
A estas dificultades se suma la escasez de docentes capacitados en lengua de señas y de instituciones preparadas para brindar una educación verdaderamente inclusiva. Para la docente, el mayor problema no es la discapacidad, sino la falta de oportunidades.
«Muchos de estos niños poseen grandes capacidades, pero no logran desarrollarlas porque no reciben el apoyo necesario», explica. Su experiencia confirma que la inclusión va mucho más allá de permitir el ingreso a una escuela implica ofrecer las herramientas necesarias para que cada estudiante pueda aprender y desenvolverse en igualdad de condiciones.
Enseñar también es acompañar
En otro rincón de la ciudad, Nayelli Defaz, estudiante universitaria y profesora voluntaria, dedica parte de su tiempo libre a enseñar a niños que viven en condiciones de alta vulnerabilidad.
Su labor comienza antes de abrir un cuaderno. Primero debe construir vínculos de confianza con las familias, especialmente, con madres que pasan gran parte del día trabajando para sostener sus hogares y que apenas cuentan con tiempo para acompañar el proceso educativo de sus hijos.
Dentro del aula improvisada, la creatividad sustituye a los recursos que hacen falta. Ante la ausencia de materiales didácticos, Nayelli aprendió señas básicas para enseñar colores, letras y palabras. De a poco comprendió que, en estos contextos, escuchar, abrazar y brindar atención también forman parte del aprendizaje.
Para ella, la inclusión no consiste únicamente en compartir un mismo salón de clases. Significa respetar el ritmo de cada niño, comprender sus necesidades y hacer que se sienta parte del grupo.
Ese espacio termina convirtiéndose en mucho más que un lugar para aprender contenidos escolares. Allí los niños encuentran un ambiente seguro donde juegan, ríen, fortalecen su autoestima y descubren que son capaces de aprender, aun cuando muchas veces el entorno les haya hecho creer lo contrario.
Una escuela bajo el cielo
Para Santo Mera, de 49 años, enseñar tampoco depende de tener un salón de clases. Desde hace años ha transformado semáforos, parques y esquinas en espacios de aprendizaje para niños que viven en condiciones de vulnerabilidad.
Cada jornada comienza buscando la sombra de un árbol o un lugar tranquilo donde pueda reunirse con ellos. Los pupitres son reemplazados por el piso y los materiales llegan gracias a donaciones de personas que conocen su labor.
Su enseñanza va más allá de las matemáticas o la lectura. Mientras explica una suma o ayuda a escribir las primeras palabras, también habla sobre el respeto, la responsabilidad, la importancia de la familia y la perseverancia frente a las dificultades.
Su metodología se adapta a cada niño y a las condiciones del entorno. No existen horarios rígidos ni recursos tecnológicos. Solo la convicción de que cualquier lugar puede convertirse en un espacio para aprender cuando existe voluntad de enseñar.
Su mayor deseo es que esos niños construyan un futuro distinto al que actualmente parece estar escrito para ellos.
«Quisiera que algún día sean profesionales o simplemente buenos ciudadanos y recuerden que aprendieron en un semáforo o en una esquina», afirma con orgullo.
La educación no puede depender únicamente de la vocación
La historia de estos educadores evidencia una realidad que permanece fuera del debate público. Mientras la pobreza, la discapacidad y la falta de políticas inclusivas continúan limitando el acceso a la educación, son los maestros voluntarios quienes sostienen, muchas veces en solitario, el derecho de cientos de niños a aprender. Sin embargo, la inclusión no puede depender únicamente de la vocación. Garantizar una educación accesible exige el compromiso del Estado, de las instituciones educativas y de la sociedad. Solo así enseñar dejará de ser un acto de resistencia para convertirse en un derecho plenamente garantizado.


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