Vidas sin voz en peligro

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Maltrato y abandono animal generan 2.357 reportes ciudadanos, según los registros del Municipio de Guayaquil publicados en su página web

Las mascotas representan compañía, lealtad y afecto incondicional. En miles de hogares son consideradas parte de la familia, acompañan los momentos más importantes y dejan huellas que permanecen en el tiempo. No obstante, esta realidad convive con una problemática cada vez más alarmante. En Ecuador, el maltrato animal se refleja en casos de abandono, agresiones, negligencia y explotación que afectan a perros y gatos.

Frente a esta situación, fundaciones, rescatistas y médicos veterinarios desempeñan un papel fundamental al rescatar, rehabilitar y buscar un nuevo hogar para los animales que han sido víctimas de violencia y así devolverles una oportunidad de vida.

El caso de Salvaje es un claro ejemplo. Se trata de una gata, la cual fue recogida de la basura junto a otros dos felinos. Jamileth Clavijo, quien fue su dueña, comenta que la percibió como una mascota de apoyo emocional, ya que la acompañó en los momentos más cruciales de su vida, hasta que una situación puntual de las calles interrumpió que sigan juntas, pero todavía la recuerda con mucho amor y nostalgia.

Ella se acuerda con claridad la noche en que conoció a Salvaje. Regresaba del colegio junto a un grupo de amigas cuando encontraron tres pequeños gatos abandonados. La intención inicial era rescatarlos y buscarles un hogar, pero desde el primer momento sintió una conexión especial con una de las crías. «Sentí que ella me eligió», afirma. Dos de los felinos fueron entregados en adopción, mientras que Salvaje permaneció a su lado en una etapa marcada por la soledad, cuando se independizó de su familia. Desde entonces, la gata se convirtió en una compañía constante que le brindó tranquilidad y apoyo emocional.

Foto: IA.

Con apenas cuatro meses de edad, Salvaje acompañó a Jamileth en varios recorridos por distintos cantones de Manabí. Lejos de mostrarse inquieta, se adaptó con facilidad a cada viaje y despertó la curiosidad de quienes la veían observar el paisaje rural o permanecer tranquila en los lugares donde se hospedaban. Juntas recorrieron sectores como Olmedo, El Progreso, Pedro Carbo y Sancán, experiencias que fortalecieron un vínculo construido sobre la confianza y el afecto. Con el paso del tiempo, Jamileth comprendió que el rescate había sido mutuo, una certeza que confirmó cuando rechazó la propuesta de una persona interesada en adoptar a la gata, porque ya era parte de su vida.

Ese lazo alcanzó su mayor significado el 4 de febrero de 2024, tras el fallecimiento de un familiar. En medio del duelo, Salvaje permaneció a su lado sin apartarse. «Los gatos sienten. Siempre que me veía llorar se acostaba conmigo. La extraño mucho», cuenta Jamileth. Para ella, la felina dejó de ser, únicamente, un animal rescatado para convertirse en un refugio emocional en los momentos más difíciles. 

Uno de los casos que conmovió a la ciudadanía fue difundido por la Fundación Lucky Bienestar Animal. La organización informó sobre el rescate de un perro que presuntamente habría sido utilizado como carnada para entrenar perros de pelea en el cantón Rumiñahui. El animal presentaba heridas de gravedad y un estado crítico de salud que obligó a una intervención veterinaria inmediata.

Foto: IA.

Gracias al trabajo conjunto de rescatistas y profesionales de la salud animal, el perro recibió atención médica especializada, inició un proceso de recuperación y logró superar las secuelas más graves del maltrato. Tiempo después fue adoptado por una familia responsable, encontrando un hogar donde pudo comenzar una nueva vida.

Foto: IA.

Este rescate evidencia no solo la crudeza del maltrato animal, sino también el papel que cumplen las organizaciones dedicadas a la protección de los animales. Su labor permite atender a víctimas de abandono y violencia, promover la adopción responsable y sensibilizar a la población sobre el respeto hacia toda forma de vida.

Otro caso que generó indignación fue el de Leonel, un perro que sufrió una agresión física severa en el norte de Quito. Tras ser rescatado por la Unidad de Bienestar Animal (UBA), recibió tratamiento especializado y consiguió recuperarse.

Para conocer la dimensión de esta problemática que afecta a perros y gatos, una veterinaria, que prefirió omitir su nombre, confiesa que recibir animales rescatados en condiciones críticas es una situación frecuente. «Es una realidad muy presente en nuestra sociedad. Muchos de los pacientes llegan después de ser encontrados en las calles por ciudadanos o fundaciones de rescate, tras haber permanecido durante semanas o incluso meses sin alimentación, atención médica ni cuidados básicos”.

La especialista señala que el estado clínico de estos animales depende de las condiciones en las que sobrevivieron. Una gran parte presenta desnutrición severa, infestaciones por parásitos intestinales o enfermedades transmitidas por garrapatas.

En el caso de los perros, son frecuentes patologías virales como la parvovirosis y el moquillo, consecuencia directa de la falta de vacunación. También atienden infecciones respiratorias, trastornos gastrointestinales y heridas ocasionadas por peleas, atropellamientos o lesiones que permanecieron sin tratamiento durante largos periodos.

Sin embargo, las consecuencias del maltrato no son únicamente físicas. La veterinaria explica que muchos animales llegan con profundas afectaciones emocionales provocadas por el abandono, la violencia o el miedo constante.

Desde su experiencia, la especialista considera que uno de los errores más comunes es adoptar mascotas por impulso o entregarlas como regalos sin comprender la responsabilidad que implica su cuidado durante toda la vida.

Por ello, sostiene que la educación constituye la principal herramienta para prevenir el abandono y el maltrato. A su criterio, la tenencia responsable debe enseñarse desde edades tempranas mediante programas educativos que fomenten el respeto hacia los animales. “Es importante fortalecer las campañas de esterilización para reducir la sobrepoblación de perros y gatos, garantizar el cumplimiento de las leyes de protección animal y promover la adopción como una alternativa frente a la compra de mascotas”, explica.

Como reflexión final, la veterinaria enfatiza que un animal de compañía no es un juguete ni una responsabilidad pasajera de la que pueda prescindirse cuando cambian las circunstancias. Su cuidado exige estabilidad económica, atención médica, alimentación adecuada, tiempo y un compromiso permanente durante toda su vida. “Asumir esa responsabilidad con conciencia y dedicación no solo transforma la vida del animal, sino también la de quien lo adopta, pues verlo recuperarse, sanar y volver a confiar en las personas constituye una de las experiencias más gratificantes que puede vivir un ser humano”.

En Ecuador, la protección de los animales está respaldada por diversas normas jurídicas que buscan garantizar su bienestar y sancionar los actos de violencia.

Aunque estas disposiciones representan avances importantes, especialistas y organizaciones coinciden en que la existencia de leyes, por sí sola, no ha sido suficiente para erradicar el problema. Su aplicación efectiva debe ir acompañada de educación, campañas permanentes de esterilización, promoción de la adopción responsable y una mayor cultura de denuncia frente a los casos de maltrato.

Mientras estas acciones no se fortalezcan, cientos de animales seguirán dependiendo del trabajo de rescatistas, fundaciones y ciudadanos que, con recursos limitados, continúan ofreciendo una segunda oportunidad a quienes alguna vez fueron víctimas de la violencia y el abandono.

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