Detrás de cada botella, cartón o lata reciclada existe una cadena de ciudadanos, recicladores y empresas que está cambiando la forma de entender los residuos en Ecuador. La transformación no comienza en las plantas de reciclaje, sino en las decisiones que se toman dentro de cada hogar
Redacción
Jilliam Cantos / Fernando Lamilla / Marly Martínez / Denilson Moreira / Alberto Roldán / Karla Sudario
Hace apenas unos años, encontrar un punto de reciclaje junto a la entrada de un supermercado parecía una idea poco probable. En Ecuador, separar los residuos no formaba parte de la rutina de la mayoría de los hogares y la gestión de desechos permanecía lejos de las actividades cotidianas. Sin embargo, la instalación de los primeros Puntos Gira comenzó a cambiar esa realidad al acercar el reciclaje a los lugares que miles de personas visitan cada día.
La propuesta rompía con el modelo tradicional de recolección. En lugar de esperar que la ciudadanía buscara centros especializados, los puntos de acopio fueron ubicados en supermercados, parqueaderos y espacios de alta circulación. Cada estación fue diseñada para recibir diez tipos de residuos y construida con aproximadamente 46.000 envases de Tetrapak reciclados, convirtiéndose en un ejemplo visible de economía circular.

Foto: IA
Más que instalar infraestructura, el reto consistía en modificar hábitos. El proyecto entendió que el mayor desafío no era técnico, sino cultural: convencer a las personas de que los residuos podían convertirse en recursos.
Guillermo Vera ha sido testigo de esa transformación desde sus inicios. Como uno de los colaboradores con más trayectoria en Puntos Gira, recuerda que los primeros usuarios llegaban con incertidumbre y numerosas preguntas sobre cómo clasificar los materiales o qué podía depositarse en cada contenedor.
«Si el reciclaje no estaba en la rutina de las personas, teníamos que acercarlo a ellas», resume la filosofía que orientó el proyecto desde sus primeras etapas.
Para Vera, la labor diaria pronto dejó de centrarse únicamente en recibir materiales. Explicar, orientar y acompañar a los ciudadanos resultó indispensable para construir confianza. Poco a poco, las dudas dieron paso a un cambio visible, porque las familias comenzaron a llegar con los residuos previamente separados desde sus hogares.
«El reciclaje dejó de ser una novedad y se volvió parte de la rutina de las personas», recuerda. Para él, ese cambio de comportamiento representa el mayor logro alcanzado, incluso por encima de las toneladas de materiales recuperados.
Ese avance también exigió fortalecer la capacitación del personal. Además de conocer la correcta clasificación de residuos, los colaboradores desarrollaron habilidades de atención al público para convertir cada visita en una oportunidad de aprendizaje ambiental.
Seis años después, el proyecto continúa evolucionando. Los nuevos puntos incorporan información educativa, herramientas digitales y espacios para que los usuarios conozcan el impacto de sus acciones. La aplicación móvil permite registrar la participación ciudadana y acceder a información sobre reciclaje, mientras que la señalética busca reforzar la separación de residuos desde el hogar.
Aunque todavía existen sectores donde la participación es menor, Vera considera que el cambio ya está en marcha. En la actualidad, observa a niños, jóvenes y adultos compartir un mismo hábito dentro de sus familias, una señal de que el reciclaje comienza a consolidarse como parte de la vida cotidiana y no como una práctica aislada.
Donde los residuos recuperan su valor
El recorrido de los materiales no termina cuando una persona los deposita en un punto de acopio. Detrás de esa acción existe una cadena de trabajo que convierte lo que muchos consideran basura en materia prima para una nueva vida útil.
Josué Elías lo comprueba todos los días desde la recicladora El Empresario. Entre montañas de cartón, plásticos, metales y cobre, observa cómo el reciclaje también puede convertirse en una oportunidad económica para cientos de familias.
«Muchas personas han logrado tener su casa, su carro o su propio negocio gracias al reciclaje», afirma.
Sin embargo, explica que el éxito del proceso depende de un paso previo: la correcta separación de los residuos en los hogares. Cuando el cartón llega mojado o los plásticos están contaminados con restos orgánicos, gran parte del material pierde valor y dificulta su aprovechamiento.

Foto: IA
Aun así, reconoce una evolución positiva. Cada vez más ciudadanos entregan los residuos limpios y clasificados, reflejo de una conciencia ambiental que empieza a fortalecerse. Para él, la educación sigue siendo el eslabón más importante de toda la cadena.
Una visión similar comparte Daniel Calero, fundador de Recicladora Calero. Después de trabajar durante años en otras empresas del sector, decidió crear su propio negocio convencido de que el reciclaje exige organización, disciplina y profesionalismo.
En su planta, cada material ocupa un espacio específico para evitar contaminación cruzada y optimizar los procesos. El orden no responde únicamente a criterios operativos; representa la diferencia entre conservar o perder el valor comercial de los materiales.
La seguridad también ocupa un lugar central. Daniel sostiene que el cumplimiento de protocolos protege tanto a los trabajadores como a la continuidad de la empresa. Cuando algún colaborador incumple las normas, primero recibe una llamada de atención y, si persiste, se aplican sanciones más severas. «La seguridad de todos no está en juego», enfatiza.
Para él, el reciclaje dejó de ser únicamente una fuente de ingresos. Actualmente, representa el proyecto que sostiene a su familia y le permite generar empleo mientras contribuye al cuidado del ambiente.
Esta transición de trabajo operativo a proyecto de vida es compartida por Josué y Daniel. Ambos, desde sus diferentes enfoques —uno más comunitario y otro más orientado a la disciplina empresarial—, demuestran que el reciclaje es una fuerza transformadora. En última instancia, ambos coinciden en que la profesionalización del sector, apoyada por una ciudadanía consciente, es el camino directo hacia un desarrollo sostenible que beneficia tanto al medio ambiente como al bolsillo de los ciudadanos.
Más que reciclar, construir una cultura ambiental
El reciclaje en Ecuador ha evolucionado de una actividad poco valorada a un eje estratégico para el desarrollo sostenible. Así lo sostiene la ingeniera Marta Cecilia Silva, vocera del Grupo Mario Bravo, quien explica que los 57 años de trayectoria de la empresa reflejan la transformación de una industria que encontró valor en materiales que antes eran considerados desechos. A través de unidades especializadas en la recuperación de papel, cartón, metales y plásticos, el grupo ha consolidado un modelo de economía circular que reincorpora estas materias primas a los procesos productivos y reduce la dependencia de recursos naturales.
Para Silva, el impacto del reciclaje trasciende el ámbito industrial. Recuperar materiales evita que terminen en los rellenos sanitarios, disminuye la extracción de materias primas y reduce la huella ambiental. Reciclar papel y cartón contribuye a la conservación de los bosques, mientras que la reutilización de plásticos reduce el consumo de derivados del petróleo, demostrando que cada residuo correctamente clasificado representa una oportunidad para proteger los ecosistemas.
No obstante, la especialista identifica que el mayor desafío continúa siendo la escasa cultura de separación de residuos. Frente a esta realidad, el Grupo Mario Bravo impulsa el programa Eco School, que ha capacitado a cerca de 60.000 estudiantes en Guayaquil para promover la clasificación de los desechos desde los hogares. La iniciativa también busca revalorizar el trabajo de los recicladores de base, actores esenciales de la economía circular que, según estimaciones de la empresa, superan los 30.000 en el país y dependen de esta actividad para sostener a sus familias.

Foto: IA
La especialista también destaca el papel de los recicladores de base, quienes constituyen el primer eslabón de la economía circular. Más allá de recuperar materiales, miles de personas encuentran en esta actividad su principal sustento económico, razón por la cual considera indispensable dignificar su trabajo y fortalecer los mecanismos que permitan entregarles directamente los residuos aprovechables. “La sostenibilidad comienza con una decisión cotidiana de separar correctamente los desechos antes de que lleguen al tacho de basura”.
Más allá de las políticas públicas o de la responsabilidad empresarial, sostiene que el verdadero cambio depende del compromiso de la ciudadanía. Cada decisión tomada en el hogar fortalece una cadena que protege el ambiente, impulsa la economía circular y mejora la calidad de vida de miles de personas.
El cambio comienza en casa
Para los especialistas en gestión ambiental, el mayor desafío no es tecnológico, sino cultural. La infraestructura, las plantas de reciclaje y los programas de recolección pierden eficacia cuando la ciudadanía no incorpora hábitos sostenibles en su vida diaria.
Para el ingeniero Harry Veintimilla Gómez, gerente de Proyectos de Ecosfera Consultora, la defensa del medio ambiente no comenzó en la universidad ni en el ejercicio profesional. Nació en casa, donde sus padres le inculcaron el respeto por la naturaleza como un principio de vida. Aquella enseñanza terminó convirtiéndose en una vocación que lo llevó a especializarse en dirección de proyectos sostenibles y a entender que la gestión ambiental trasciende la implementación de soluciones técnicas. «La protección de la naturaleza se desarrolló en mí desde muy temprana edad gracias a la educación y los valores que recibí en casa», recuerda.
Después de años de experiencia, Veintimilla identifica un desafío que se repite en la mayoría de los proyectos ambientales: la resistencia al cambio. A su juicio, el principal obstáculo no radica en la falta de tecnología o infraestructura, sino en modificar una cultura acostumbrada al modelo de «comprar, usar y desechar». Por ello sostiene que ninguna iniciativa sostenible tendrá resultados duraderos si la ciudadanía no comprende su impacto ni participa activamente en ella. Para el especialista, comunicar la importancia de estos procesos es tan determinante como diseñarlos y ejecutarlos.
Su propuesta apunta a consolidar una verdadera economía circular, donde los residuos dejen de ser considerados basura y se transformen en recursos capaces de reincorporarse al ciclo productivo. Veintimilla asegura que los proyectos en los que ha participado demuestran que una gestión adecuada reduce la huella de carbono, optimiza el uso de materias primas y mejora la eficiencia de los procesos industriales. «Debemos entender que los residuos no son basura; son materiales con potencial para volver a ser útiles», enfatiza, convencido de que ese cambio de visión marcará el futuro de la sostenibilidad.
El ingeniero deposita buena parte de esa transformación en las nuevas generaciones. Considera que niños y jóvenes tienen la capacidad de impulsar los cambios que durante décadas quedaron pendientes, siempre que participen en iniciativas ambientales dentro de sus comunidades. Advierte que la sostenibilidad dejará de ser una alternativa para convertirse en una necesidad frente a la creciente presión sobre los ecosistemas. En ese escenario, la educación se convierte en la herramienta más poderosa para construir una ciudadanía consciente, capaz de asumir que el cuidado del ambiente no depende únicamente de empresas o instituciones, sino de las decisiones que cada persona toma todos los días.
Una visión similar comparte el ingeniero Saúl Molina, jefe de Producción de Ecoresa. Para él, la sostenibilidad trasciende la tecnología y depende de la capacidad de transformar los hábitos cotidianos.
Según explica, la transición hacia una economía circular solo será posible cuando las personas comprendan que cada decisión de consumo tiene un impacto sobre el entorno. Separar residuos, reutilizar materiales y reducir el desperdicio son acciones pequeñas que, multiplicadas por miles de ciudadanos, generan cambios significativos.
Molina sostiene que la protección ambiental no se construye únicamente mediante grandes inversiones o políticas públicas. También nace en los hogares, las escuelas y los barrios, donde se forman los comportamientos que definirán el futuro del país.

Foto: IA
Las historias de Guillermo Vera, Josué Elías, Daniel Calero, Marta Cecilia Silva, Harry Veintimilla y Saúl Molina muestran distintos eslabones de una misma cadena. Unos educan, otros clasifican, procesan, investigan o diseñan estrategias, pero todos coinciden en una idea de que el reciclaje solo funciona cuando existe una ciudadanía comprometida.
Seis años después de la instalación de los primeros Puntos Gira, reciclar ya no es una práctica extraña para miles de ecuatorianos. Lo que empezó como una apuesta por acercar los centros de acopio a la rutina diaria se ha convertido en un cambio de mentalidad que todavía está en construcción.
El reciclaje no empieza cuando un camión recoge los residuos ni cuando una planta los procesa. Comienza mucho antes: en el instante en que una persona decide separar una botella, una caja de cartón o una lata del resto de la basura. Ese gesto, aparentemente insignificante, sostiene el trabajo de miles de recicladores, alimenta una industria que recupera recursos y reduce la presión sobre los ecosistemas. En un país donde la cultura ambiental aún está en construcción, el mayor cambio no depende de la tecnología, sino de la voluntad de convertir un hábito cotidiano en una responsabilidad compartida.


Sin comentarios