Sembrar arroz también puede sembrar enfermedad

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El sol apenas comienza a elevarse sobre los arrozales de Las Maravillas cuando los agricultores ya recorren los cultivos con mochilas de fumigación al hombro. El olor penetrante de los herbicidas y pesticidas forma parte de la rutina diaria, tanto como el agua que inunda los sembríos. Para quienes trabajan la tierra, convivir con estos químicos se ha vuelto una necesidad para mantener la producción, aunque cada aplicación deja una pregunta inevitable: ¿qué costo tiene para la salud producir el arroz que llega a la mesa de miles de familias?

Una cosecha que también deja enfermedades

Durante más de dos décadas, Mariano Castro ha trabajado entre fumigaciones. En ese tiempo ha visto cómo los agroquímicos transformaron la agricultura, pero también la vida de quienes dependen de ella.

Las alergias, las irritaciones en la piel y los problemas respiratorios son, asegura, parte del oficio. Sin embargo, sostiene que las consecuencias van mucho más allá de los síntomas inmediatos. Para él, el daño alcanza al suelo, al agua y a las personas que viven cerca de los cultivos.

Su reflexión es contundente. Si las condiciones económicas se lo permitieran, abandonaría la agricultura. No porque haya dejado de amar el campo, sino porque considera que la necesidad lo obliga a permanecer en un trabajo que pone en riesgo su salud y la de su familia.

Foto: IA

Fernando Camejo comparte esa preocupación. Explica que, aunque utilizan mascarillas y guantes, la exposición diaria continúa generando malestares físicos. Cuando aparecen síntomas de intoxicación, muchos trabajadores recurren primero a remedios caseros como beber limonada concentrada, café caliente o leche fría, antes que, a una atención médica especializada, debido a las dificultades para acceder a un diagnóstico oportuno.

Para él, el problema no radica únicamente en los productos químicos, sino en la escasa capacitación que reciben quienes los manipulan. Considera indispensable conocer los riesgos de cada sustancia, aprender a mezclarlas correctamente y disponer de equipos de protección adecuados.

El doctor Freddy Mosquera alerta sobre las graves consecuencias que las sustancias químicas representan para la salud pública y el sector agrícola. Explica que estos insumos, altamente tóxicos, ingresan al organismo principalmente por vía inhalatoria y avanzan por los bronquios, bronquiolos y pulmones, donde provocan afecciones severas como neumonías, crisis alérgicas de tipo asmático y fibrosis pulmonar. Por ello, subraya que el uso de mascarillas y equipos de protección adecuados es indispensable para reducir el daño en las vías respiratorias de los trabajadores del campo.

El especialista también señala que la manipulación de estos productos desencadena reacciones agudas que requieren atención inmediata. Entre los primeros signos de una posible intoxicación por insecticidas menciona dolores de cabeza intensos, mareos, dificultad respiratoria, decaimiento general y dolores musculares. Reconocer estas manifestaciones de forma temprana permite buscar atención médica oportuna y evitar complicaciones que ponen en riesgo la vida del afectado.

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Mosquera advierte que el impacto de los agroquímicos no se limita a los trabajadores agrícolas, sino que también alcanza a los consumidores a través de la cadena alimentaria. Indica que diversos estudios detectan residuos tóxicos en productos agrícolas y relacionan la exposición continua a estas sustancias con el desarrollo de enfermedades oncológicas, entre ellas el cáncer de estómago y el cáncer de colon.

Como ejemplo, menciona una investigación realizada en Ecuador que identifica muestras de tomate con niveles de contaminación tan elevados que no son aptas para el consumo humano. Finalmente, reitera que quienes trabajan de manera directa con estos insumos enfrentan un alto riesgo de desarrollar enfermedades respiratorias crónicas e irreversibles que deterioran significativamente su calidad de vida.

La preocupación no termina en el campo. Quienes compran el arroz también comienzan a cuestionarse cómo fue producido.

Para Johana Cruz, habitante del sector Las Maravillas, el uso de agroquímicos en el cultivo del arroz ofrece beneficios para la producción, pero también plantea riesgos que no pueden ignorarse. Aunque considera que los fertilizantes y otros tratamientos pueden mejorar algunas características del grano, le preocupa que el uso excesivo o inadecuado de estas sustancias deje residuos que afecten la salud y, a largo plazo, favorezcan la aparición de enfermedades graves, como el cáncer.

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Por ello, insiste en la importancia de conocer todo el proceso de producción del arroz, desde la siembra hasta su llegada a la mesa. A su juicio, comprender cómo se cultiva el alimento permite a los consumidores tomar decisiones más informadas, evaluar su calidad y proteger su bienestar mediante un consumo más consciente.

Víctor Rendón coincide en que la seguridad alimentaria debería convertirse en un criterio de compra tan importante como el precio. Afirma que estaría dispuesto a pagar más por un arroz cultivado con prácticas menos agresivas para el ambiente, siempre que exista confianza en su origen y calidad.

Al momento de comprar arroz, explica que su decisión no depende únicamente del precio o la apariencia del grano. También valora el origen del producto, las prácticas empleadas durante el cultivo y las garantías de seguridad alimentaria. Para él, elegir un alimento implica encontrar un equilibrio entre su costo, su calidad y la certeza de que fue producido de manera responsable. 

Las preocupaciones de agricultores y consumidores encuentran respaldo en la evidencia técnica.

El ingeniero agrónomo, Tomás Moreno, explica que herbicidas de uso frecuente, como Guadaña, Velfosato, Diamante, Aminamont y Glistar, pueden provocar irritaciones en la piel, los ojos y las vías respiratorias cuando se manipulan sin las medidas adecuadas. La exposición repetida incrementa el riesgo de alteraciones hormonales, afectaciones al sistema inmunológico y daños en órganos como el hígado y los riñones.

El especialista añade que el problema no termina en la salud humana. El uso excesivo de estos productos reduce la actividad biológica del suelo, disminuye su fertilidad y puede alterar la calidad nutricional del arroz cuando las aplicaciones se realizan cerca de la cosecha.

Frente a este panorama, recomienda respetar las dosis indicadas, utilizar equipos completos de protección, cumplir los períodos de espera antes de la recolección y complementar el manejo de plagas con alternativas mecánicas y orgánicas.

Para el ingeniero agrónomo Alberto Domínguez, existen alternativas capaces de reducir la dependencia de los agroquímicos. El empleo de compost, humus de lombriz y otros fertilizantes orgánicos mejora la calidad del suelo y disminuye el impacto ambiental.

Sin embargo, reconoce que la realidad económica de los pequeños productores dificulta cualquier transformación. Los retrasos en los pagos por las cosechas, el acceso limitado al crédito y el alto costo de la tecnología obligan a muchos agricultores a seguir utilizando los mismos productos de siempre, aunque conozcan sus riesgos.

Daniel Camejo asegura que la mayoría de productores está dispuesta a cambiar sus prácticas, pero insiste en que ese cambio solo será posible con asistencia técnica permanente y acompañamiento especializado para enfrentar plagas cada vez más resistentes.

El toxicólogo Juan Carlos Núñez advierte que el mayor peligro de los agroquímicos no siempre se manifiesta de inmediato. Sustancias como el glifosato y metales pesados como el cadmio y el arsénico pueden ingresar al organismo a través de la piel o las vías respiratorias y acumularse durante años.

Los efectos de esa exposición crónica incluyen distintos tipos de cáncer, enfermedades renales, alteraciones neurológicas y problemas reproductivos. A ello se suma la contaminación de ríos y suelos, que termina afectando a comunidades enteras cuando esas fuentes de agua se utilizan para cocinar, bañarse o alimentar animales.

El especialista también cuestiona la falta de controles sobre productos restringidos internacionalmente, la ausencia de centros especializados para atender intoxicaciones y el escaso conocimiento sobre estos riesgos tanto entre agricultores como en parte del personal de salud.

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Las historias de Las Maravillas revelan una contradicción que se repite en numerosas zonas agrícolas del país. Los agroquímicos permiten mantener la productividad y proteger las cosechas, pero su uso indiscriminado expone diariamente a quienes producen los alimentos que llegan a la mesa de millones de personas.

Mientras los agricultores continúen enfrentando la falta de capacitación, el acceso limitado a tecnologías más seguras y la ausencia de políticas públicas que acompañen la transición hacia una agricultura sostenible, cada fumigación seguirá dejando una huella invisible. Una que no solo permanece en la tierra o en el agua, sino también en el cuerpo de quienes, día tras día, cultivan el alimento del país.

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