María Muñoz:  “Lo primero que se quiebra en un joven es la confianza”

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¿Alguna vez se ha preguntado lo difícil que puede ser hacerse escuchar en un mundo lleno de ruido? Para muchos niños, adolescentes y jóvenes, expresar lo que sienten o necesitan sigue siendo un desafío. Sin embargo, hay personas que han decidido cambiar esa realidad.

María Muñoz es una profesional comprometida con el fortalecimiento de la comunidad educativa. Su trabajo va más allá de las aulas. A través de capacitaciones, acompañamiento y estrategias pedagógicas, impulsa espacios de diálogo entre docentes, madres, padres y estudiantes, promoviendo relaciones más cercanas, respetuosas y empáticas.

Conoceremos su experiencia, los desafíos que ha enfrentado y el impacto que su labor ha generado en la vida de muchas familias. Acompáñanos a descubrir cómo la educación y la comunicación pueden convertirse en herramientas de transformación. 

¿Qué es lo primero que se quiebra en un joven cuando crece en un entorno lleno de ruido donde nadie lo escucha?

Bueno, yo considero que lo primero que se quiebra es la confianza. Cuando un joven siente que nadie escucha lo que piensa o lo que siente, poco a poco deja de expresarse. Entonces comienza a guardar sus emociones, cree que su voz no tiene importancia y eso afecta su autoestima. La verdad es que muchos no necesitan que alguien les resuelva los problemas, solo necesitan sentirse escuchados de verdad. Ahí es donde empieza el cambio.

Usted capacita a docentes y padres para que abran canales de diálogo. En esa tarea, ¿cuál es la barrera o el prejuicio más difícil de derribar en un adulto?

Creo que la barrera más difícil es hacerles entender que escuchar no es solamente oír. Muchas veces los adultos pensamos que, por tener más experiencia, siempre tenemos la respuesta correcta y terminamos hablando más de lo que escuchamos. Entonces, cuando en las capacitaciones logramos que un padre o un docente se detenga unos minutos a escuchar sin juzgar, ya dimos un paso enorme. Porque ahí comienza una comunicación mucho más sincera.

Cuando llega a una comunidad donde antes solo había silencio, ¿cómo se logra que la gente empiece a confiar y a hablar por primera vez?

Eso no ocurre de un día para otro, la verdad. Primero hay que ganarse la confianza de las personas con mucho respeto y siendo coherente entre lo que uno dice y hace. Yo nunca llego imponiendo ideas, sino escuchando las necesidades de la comunidad. Poco a poco las personas sienten que ese es un espacio seguro y empiezan a compartir sus experiencias. Entonces el silencio se transforma en diálogo, y ese es uno de los momentos más bonitos del trabajo.

Detrás de las herramientas pedagógicas y las estrategias que usted entrega, ¿cuál ha sido la historia o el testimonio de un joven que le hizo decir: «Por esto vale la pena todo mi esfuerzo»?

Recuerdo a un joven que casi nunca hablaba y evitaba participar en cualquier actividad. Al principio pensábamos que simplemente era muy tímido, pero con el tiempo descubrimos que nunca había sentido que alguien realmente lo escuchara. Después de trabajar junto con sus docentes y su familia, comenzó de a poco a expresar sus ideas y a confiar más en sí mismo. Un día se acercó y me dijo: «Gracias por creer en mí cuando ni siquiera creía en mí». La verdad, ese momento me recordó por qué hago este trabajo.

Vivimos en un mundo hiperconectado pero profundamente incomunicado. ¿Qué estamos haciendo mal como sociedad para que los jóvenes se sientan más solos que nunca?

Creo que hoy hablamos mucho, pero escuchamos muy poco. Estamos pendientes del celular, del trabajo o de las obligaciones y, sin darnos cuenta, dejamos de prestar atención a quienes tenemos al lado. Entonces los jóvenes terminan buscando espacios donde sentirse comprendidos, aunque muchas veces esos espacios no sean los más adecuados. Pienso que necesitamos volver a tener conversaciones reales, mirarnos a los ojos y dedicar tiempo de calidad. Eso vale muchísimo más que cualquier mensaje.

Esta es una labor extraordinaria que transforma vidas, pero seguro también agota. En los días más difíciles, ¿dónde encuentra la fuerza para seguir adelante cuando el entorno parece no querer cambiar?

Claro que hay días difíciles, como en cualquier profesión. Pero cuando veo que un docente cambia su manera de relacionarse con sus estudiantes o que una familia vuelve a conversar en casa, recuerdo que cada pequeño avance cuenta. No siempre vemos resultados inmediatos, pero sabemos que cada palabra, cada taller y cada espacio de diálogo puede marcar una diferencia en la vida de alguien. Entonces eso me motiva a seguir adelante.

Si hoy todos los padres y docentes de la región la estuvieran escuchando por un solo minuto, ¿cuál sería el mensaje urgente que necesitan oír para empezar a escuchar de verdad a sus hijos hoy mismo?

Les diría que no esperen a que sus hijos estén pasando por un momento muy difícil para empezar a escucharlos. Pregúnteles cómo se sienten, compartan tiempo con ellos y escúchalos sin interrumpir ni juzgar. A veces una conversación de unos minutos puede evitar mucho dolor. Los jóvenes no necesitan padres o docentes perfectos, necesitan adultos que estén presentes, que los comprendan y que les hagan sentir que siempre tendrán un lugar seguro donde expresar lo que llevan en el corazón.

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