Más que cuidados, necesitan compañía.

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Emily Álvarez / Mía  Aspiazu / Josué Borja  /  Fabiola González   Jairo Tomalá / Diana Obregón

Dicen que la vejez debería ser una etapa de tranquilidad, rodeada de afecto y compañía. Sin embargo, al cruzar las puertas del Hogar San José, en Guayaquil, el silencio revela una realidad más compleja que es la de adultos mayores conservando intactas sus historias, pero que, en muchos casos, conviven con la ausencia de sus seres queridos. La vida cotidiana de sus residentes no depende, únicamente, de la atención médica, sino también del vínculo humano, el acompañamiento y la presencia de la familia.

Administrado por la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y dirigido por la sor Carmen Zhaguiquito, el Hogar San José cuenta con 58 años de servicio y alberga actualmente a 95 adultos mayores. La institución dispone de un equipo multidisciplinario conformado por psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas físicos y ocupacionales, además de personal especializado en enfermería, que brinda atención permanente.

El sostenimiento del hogar proviene de las pensiones de algunos residentes, el aporte de sus familiares y las donaciones de la comunidad. No obstante, los altos costos operativos representan un desafío constante. Aunque cerca del 60 % de los adultos mayores recibe visitas frecuentes, la directora reconoce que aún existen casos de abandono, muchas veces motivados por la errónea creencia de que el Estado cubre completamente el funcionamiento del centro. Para fortalecer el bienestar emocional, la institución desarrolla actividades recreativas, celebraciones y programas con organizaciones voluntarias, además de invitar a la ciudadanía a colaborar mediante donaciones o servicio comunitario.

Entre los residentes está Ana Silvina Angarita Chicón, venezolana de 79 años, quien vive en el hogar desde hace más de cuatro años. La nostalgia por su país de origen permanece intacta y el recuerdo más presente es el de su familia, a la que extraña profundamente. Su voz pausada y su mirada reflejan la tristeza que acompaña la distancia, mientras un sencillo pedido de un abrazo evidencia la necesidad de afecto que aún conserva.

Antes de ingresar al hogar, Ana enfrentaba largos días de soledad en su vivienda, sin personas con quienes conversar o compartir su tiempo. Esa situación la llevó a buscar un espacio donde pudiera encontrar tranquilidad, compañía y atención permanente. Aunque su hija la visita con frecuencia y mantiene el vínculo familiar, reconoce que su nieta no puede hacerlo con la misma regularidad debido a sus responsabilidades laborales.

En la actualidad afirma sentirse bien atendida y acompañada por el personal del centro. Si bien el hogar organiza actividades recreativas y celebraciones para sus residentes, ella prefiere la calma y los ambientes serenos, pues nunca ha sido aficionada a las fiestas. 

Foto: IA

Carlos Samare, auxiliar de enfermería del Hogar San José, asegura que la atención comienza desde el ingreso de cada residente, con un registro detallado de su historial clínico, alergias y tratamientos médicos. Esa información permite organizar un seguimiento permanente, disponible las 24 horas del día.

Sin embargo, explica que el mayor desafío no siempre es clínico, sino emocional. El abandono familiar afecta profundamente a muchos residentes, por lo que el personal procura brindar apoyo constante para prevenir cuadros de ansiedad o depresión. Su mensaje es claro: ningún conflicto justifica romper el vínculo con quienes dedicaron su vida a cuidar de sus familias.

El psicólogo clínico Abdel Aviles Sánchez advierte que el abandono suele originarse cuando el cuidado del adulto mayor recae sobre un solo familiar, quien termina sobrecargado por las responsabilidades laborales y personales. A ello se suman prejuicios que consideran, de forma equivocada, que las personas mayores ya no aportan a la sociedad.

Según el especialista, sentirse excluido provoca tristeza, ansiedad, alteraciones del sueño, pérdida del apetito y aislamiento social. Recordó el caso de un hombre de 85 años que mantenía una vida activa hasta que decidió dedicarse exclusivamente al cuidado de su esposa enferma. Con el tiempo dejó de atender su propia salud y su condición física se deterioró. Para Sánchez, escuchar, visitar y compartir tiempo con los adultos mayores constituye una de las formas más efectivas de proteger su salud emocional.

Sebastián Vergara vivió uno de los momentos más complejos de su vida al decidir el ingreso de un familiar a la institución. Explica que, debido a sus obligaciones laborales y a la ausencia de otros cuidadores, no podía ofrecerle la atención permanente que requería.

Aunque reconoce que fue una decisión dolorosa no lo dejó en el abandono. Él visita a su familiar cada fin de semana y asume personalmente todos los gastos. Afirma que verlo bien atendido y tranquilo le confirma que no se equivocó. Su experiencia evidencia que el ingreso a una residencia no siempre responde al olvido, sino a la necesidad de garantizar cuidados especializados cuando la familia ya no puede proporcionarlos. “Me siente tranquilo, recibe buen trato, cuenta con la atención necesaria, está bien cuidado y se siente feliz”, confiesa.

Los profesionales del hogar coinciden en que la adaptación resulta más favorable cuando la decisión se comunica con diálogo y cuando la familia mantiene un contacto frecuente. Las visitas y el acompañamiento reducen el impacto emocional y fortalecen el sentido de pertenencia de los residentes.

Una cuidadora, que prefirió mantener su nombre en reserva, con experiencia tanto en residencias como en atención domiciliaria señala que, además de asistir en las actividades diarias, el verdadero cuidado consiste en escuchar, conversar y brindar afecto. Considera que la paciencia, la empatía y el respeto son indispensables para ofrecer una atención digna y mejorar la calidad de vida de los adultos mayores.

Las conversaciones sostenidas con los residentes también dejaron una enseñanza común: la familia continúa siendo el pilar más importante de sus vidas. Sus recuerdos, experiencias y valores demuestran que aún tienen mucho que aportar a las nuevas generaciones.

La visita al Hogar San José dejó una reflexión inevitable: los adultos mayores necesitan atención profesional, pero también tiempo, escucha y compañía. Un abrazo, una conversación o una visita pueden significar mucho más que cualquier tratamiento. Después de toda una vida construyendo historias, nadie debería sentirse olvidado.

A diferencia de los adultos mayores que residen en el Hogar San José, Susana Triviño Avilés ha optado por permanecer en su casa, donde vive sola y enfrenta el paso de los años con independencia. Aunque no cuenta con el acompañamiento permanente que ofrece una residencia gerontológica, afirma que el apoyo y la cercanía de su familia siguen siendo fundamentales para sobrellevar esta etapa de la vida.

Susana considera que cada experiencia, tanto las más felices como las más difíciles, le ha dejado importantes enseñanzas. Para ella, la familia, el respeto y la comprensión son valores esenciales, mientras que cuidar la salud, disfrutar de los momentos sencillos y mantener una actitud positiva le permiten afrontar las dificultades con fortaleza. Su realidad contrasta con la de quienes viven en un asilo, donde reciben atención especializada y compañía constante, aunque muchos enfrentan la ausencia de sus seres queridos.

Su testimonio demuestra que la necesidad de afecto y de vínculos familiares no depende del lugar donde viva un adulto mayor. Tanto quienes permanecen en sus hogares como quienes residen en una institución requieren tiempo, escucha y compañía. Ella no se siente abandonada, pues siempre recibe visitas en su hogar.

El mayor desafío de la tercera edad no siempre es la enfermedad, sino la soledad. Detrás de cada adulto mayor hay una vida marcada por sacrificios, aprendizajes y afectos que merecen ser reconocidos. Escucharlos, visitarlos y hacerlos sentir parte de la familia y de la sociedad no es un acto de caridad, sino un compromiso con la dignidad humana que todos, algún día, esperamos recibir. 

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