Los videos, audios y mensajes que circularon en un chat comunitario no solo hablaban de un crimen. También evidenciaban cómo el miedo y el abandono estatal pueden distorsionar la percepción de quién protege realmente a una comunidad.
Redacción
América de Vera
Mientras compartía un cumpleaños en familia el ambiente cambió de golpe. Un familiar tomó su celular y dijo con evidente sorpresa: «Mataron a un sicario del barrio». Lo que pensé que sería el inicio de una conversación sobre un hecho de violencia terminó convirtiéndose en algo mucho más inquietante.
Hay escenas que obligan a detenerse y pensar. No por la violencia del hecho, sino por lo que esa violencia revela sobre la sociedad que estamos construyendo. No puedo dar muchos detalles del barrio solo que está ubicado en el noroeste de Guayaquil, pues mi familiar temerosa confiesa que algunos de sus vecinos saben que soy periodista.
En el chat comunitario comenzaron a aparecer videos, audios y fotografías del crimen. La sensación predominante no era de alivio por la muerte de un hombre señalado por ejercer violencia, sino de incertidumbre y tristeza porque, según algunos moradores, era quien mantenía la tranquilidad del sector.
Confieso que esa reacción me dejó pensando durante toda la noche. No por la muerte del sicario, sino por lo que esos mensajes dicen de nosotros como sociedad. ¿En qué momento llegamos a creer que la seguridad de un barrio depende de quien vive al margen de la ley? ¿Cuándo dejamos de esperar protección del Estado para depositar esa expectativa en quién imponía el orden con el poder de un arma?
Quizás quienes escribieron esos mensajes no estaban lamentando a la persona, sino el vacío que deja su ausencia. Temen que llegue otra banda, que aumenten las balaceras, las extorsiones o los asesinatos. Es el miedo hablando. Pero incluso así, esa percepción debería preocuparnos profundamente. Porque significa que la violencia ha logrado algo más peligroso que controlar un territorio, porque ha logrado cambiar la manera en que entendemos la seguridad.
El problema no es que un sicario haya muerto. El problema es que existan ciudadanos que sientan que con él también murió su sensación de paz. Esa idea revela una fractura profunda entre la ciudadanía y las instituciones. Cuando la confianza en el Estado desaparece, el miedo llena ese vacío y termina distorsionando la idea de quién protege y quién amenaza. Cualquier figura con capacidad de imponer orden, aunque sea mediante la violencia, empieza a ser vista como un mal necesario.
La pregunta que realmente deberíamos hacernos no es por qué hubo mensajes de tristeza. La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué país estamos construyendo cuando una comunidad siente que pierde a su protector con la muerte de un presunto sicario?
La respuesta no está en justificar esas reacciones, sino en entender el abandono que muchas comunidades han experimentado durante años. Cuando el Estado desaparece de los territorios, otros ocupan ese espacio. Cuando la Policía no logra brindar una presencia constante y la justicia parece distante, las organizaciones criminales imponen sus propias reglas. No ofrecen seguridad como un derecho, sino como un mecanismo de control. Y, con el tiempo, ese control termina confundido con protección.
Ninguna sociedad debería sentirse huérfana cuando muere alguien que hizo de la violencia su forma de vida. Ningún niño debería crecer escuchando que un delincuente «cuidaba el barrio». Ningún ciudadano debería pensar que la paz depende del poder de una banda y no de la fuerza de las instituciones.
Quizá el verdadero duelo no sea por la muerte de un sicario. El verdadero duelo debería ser por la pérdida de confianza en el Estado, por la normalización del miedo y por una realidad en la que la línea entre protección y dominación se ha vuelto peligrosamente difusa. Porque cuando una comunidad extraña al hombre que imponía el orden con violencia, el problema ya no está en quién murió. El problema está en el vacío que permitió que ese hombre ocupara un lugar que nunca debió pertenecerle.


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